Sangre, destrucción y gloria

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Verano de 1520, Anno Domini.

Una vez resuelto el conflicto entre Pánfilo de Narváez y Hernán Cortés, una desgarradora predicción hecha por Blas Botello, el astrólogo del ejército, derrumba la moral de las tropas:
“― Señor, no os detengáis mucho, porque sabed que don Pedro de Alvarado, vuestro capitán, que dejasteis en la ciudad de Méjico, está en muy grave peligro. Le han dado gran guerra y le han muerto un hombre, y le entran con escalas, por manera que os conviene dar prisa.”
Parece que los ejércitos de Méjico no están dispuestos a tolerar más tiempo que los conquistadores españoles señoreen sus tierras. Los campesinos ya tensan sus arcos, los hombres jaguar afilan sus macanas y la élite de guerreros águila pone a punto sus lanzas. Un beligerante grito se alza desde lo más profundo de la mayor urbe conocida del Nuevo Mundo y sus consecuencias, que inquietan a Farfán, María y al resto de compañeros, son todavía un triste e insondable misterio.

¿Será capaz un hombre, Hernán Cortés, de volver a pacificar Tenochtitlán?
¿Podrá el ímpetu de los mexica expulsar al invasor?

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